La trampa de la Madre Perfecta: Por qué exigimos un amor que no sea humano

Durante años, perseguí a mi madre con una herida convertida en reclamo. Todo nació de una conversación que tuve con una suegra, quien, con una honestidad casi ingenua, me confesó algo que para muchos es un tabú: “Es posible sentir más complicidad con un hijo que con otro”.

Ella hablaba de la risa compartida con su hijo mayor, de las travesuras alcahueteadas y de esa empatía de caracteres que hace que el tiempo fluya más fácil. Pero yo, en mi necesidad de justicia emocional, traduje sus palabras en una sentencia absoluta: “Se puede querer a un hijo más que a otro”.

Llevé esa frase a mi propia historia y la usé como un arma. Durante años, le eché en cara a mi madre una supuesta preferencia por mi hermana mayor. Comparé cada gesto, cada apoyo y cada silencio, hasta el punto de castigarla con mi ausencia y dejarle de hablar durante meses. Sin embargo, ese mismo sentimiento me llevó a racionalizar algo mucho más grande: la presión que ponemos sobre las madres en el inconsciente colectivo, exigiéndoles una perfección sin tacha que se transmite de generación en generación.

La dictadura del “Amor Perfecto”: El espejo roto

Vivimos bajo el mandato del arquetipo de la “Gran Madre” idealizada. Ese modelo mítico que dicta que una madre debe ser una fuente inagotable, neutra, perfecta y equitativa, capaz de anular su propia personalidad para ser el espejo exacto de lo que cada hijo necesita. Pero esa perfección no es amor; es una estatua de hielo.

La realidad es que la maternidad ocurre en el terreno de lo humano, no de lo divino. Lo que yo llamaba “querer menos” era, en realidad, la simple humanidad de dos personalidades que a veces chocan y otras encajan. Las madres tienen afinidades, heridas de su propia infancia y, sobre todo, límites. Al exigirles que amen a todos por igual, con la misma intensidad y de la misma forma, les estamos prohibiendo su derecho a ser personas.

El mito del Sostén Total: La madre que atiende al que la “necesita” más

En la psicología sistémica se observa un fenómeno fascinante: la madre suele volcarse instintivamente hacia el hijo que percibe como más vulnerable o necesitado. A menudo, esa “preferencia” que los otros hermanos resienten no es un privilegio para el elegido, sino una carga de cuidado.

La madre actúa como un sistema de regulación emocional: se inclina hacia donde siente que hay un vacío. Si un hijo es más fuerte o independiente, ella siente que puede “soltarlo” un poco para sostener al que parece romperse. Mi error fue interpretar su cercanía con mi hermana como un premio, cuando quizás era una respuesta de auxilio ante una necesidad que yo, en mi aparente fortaleza, no mostraba.

Las sombras que no dejamos ver

Hoy, las redes sociales y la cultura de la “crianza consciente” han industrializado la culpa. Se le exige a la madre ser:

  • La CEO impecable: Productiva y ambiciosa.
  • La Gurú emocional: Disponible 24/7, sin derecho a la ira o al cansancio.
  • La Tribu solitaria: Sosteniendo ella sola lo que antes sostenía toda una comunidad.

Queremos madres sin preferencias, sin cansancio y, sobre todo, sin sombra. Pero como decía Carl Jung, negar la propia sombra solo la hace más densa. Una madre que intenta ser perfecta termina agotada y llena de un resentimiento silencioso.

El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott trajo paz a este concepto con la idea de la “Madre Suficientemente Buena”. El hijo no necesita una madre perfecta; necesita una madre que falle, que se canse y que muestre sus límites. Es precisamente en esos “fallos” donde el hijo aprende que el mundo es real y desarrolla su propia fuerza.

Sanar la mirada

Entender esta antropología emocional me permitió bajar las armas. Comprendí que la culpa materna nace de creer que cualquier “falta” o diferencia afectará irremediablemente al hijo. Y nosotros, como hijos, alimentamos esa culpa cuando les negamos el derecho a ser humanas.

Hoy entiendo que el amor de mi madre no se mide en una balanza de precisión matemática, sino en su capacidad de estar ahí, a pesar de sus propios miedos y de las etiquetas que yo mismo le colgué.

Es hora de dejar de pedirles que sean reinas impecables y empezar a permitirles ser las mujeres que son. Porque solo cuando aceptamos la humanidad de nuestra madre, con sus luces y sus sombras, podemos finalmente empezar a sanar la nuestra.

 

 

 

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